Editorial – Morante, admirado, pero… raro, mu raro
Fotos Alberto Simon
por José Carlos Arévalo
El otro día, en Salamanca, Morante toreó a la verónica a su primer toro como Morante torea a la verónica. Y lo toreó con la muleta por naturales y redondos como Morante torea por naturales y redondos. Y lo mató, creo recordar, que de un extraordinario pinchazo y un volapié de libro. Y solo le dieron una oreja.
El aficionado que suscribese quedó pasmado. Porque los oles salmantinos sonaron rotundos, intensos, acoplados con absoluta exactitud al toreo que cantaban. ¿Y cómo era el toreo que cantaban? El toreo y la escritura se expresan a distintos niveles. Hay quien junta palabras pero hace falas de ortografía y hay quien sabe escribir. Así como hay toreros que dan pases pero no saben torear y hay toreros, muy pocos, para quienes el toreo es una poética.
El otro día, en Salamanca, Morante, poeta del toreo, escribió jarchas como breves jaculatorias andaluzascuando ponía el toro al caballo, versificó naturales y redondos en sonetos con mucha garra en lo que decían y mucho compás en cómo lo decían. Además, pinceló varios versos libres, que dieron riqueza a la tarde.
Y ahora, una múltiple extrañeza. ¿Por qué el público salmantino, que se acopló con deslumbrante exactitud a la poesía morantiana fue cicatero al premiarlo? ¿Por qué Daniel Luque, que tiene su propia y muy original poética, se puso a torear por Morante, pero más despacio que Morante? Y, más inquietante, ¿por qué el público se volcó más con Marcos Pérez, que torea sin hacer faltas de ortografía, pero no dice nada? No importa si fue por su aparente fragilidad o por su juventud casi adolescente. El ole, palabra o grito indomable, voz dicha por todos que no pertenece a ninguno, ya lo había aclarado, porque con Morante sonó distinto. Y es que,
como dice el Gitano Rubio, el toreo es raro, mu raro.