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Cultura

PLAZAS CON ENCANTO – El Concierto de Aranjuez

Fotos Alberto Simón / Emilio Méndez, Circuitos Taurinos

por José Carlos Arévalo

No está nada mal estar en Aranjuez el día de San Fernando, el rey que cristianó a Sevilla, para ser testigo de una apoteosis verdaderamente antológica del toreo sevillano. No fui yo solo quien lo pensó. Miles de madrileños habían invadido el Real Sitio, que parecía un garaje. Eso sí, elegantón, porque su urbanismo racionalista se reparte los miles de automóviles en simétricos rectángulos amparados por la sombra de los árboles y separados por la sencilla armonía del noble caserío.

Arriba, en la cumbre del centro de Aranjuez está la plaza de toros, feota por fuera, como si fuera un silo que guarda el toreo, y vistosa, guapetona por dentro, una plaza que mete ganas de torear a los torerosbuenos, y a los aficionados, de verlos torear en libertad, sin la vigilancia de geómetras incorruptibles, versuscegatos y con la complicidad de los mejores aficionados de Madrid y el entusiasmo de la afición ribereña.


El 30 de mayo hay que estar en Aranjuez y ver toros en Aranjuez. Bien lo sabe su joven empresario, Carlos Zúñiga, que le tiene cogido al tranquillo a la plaza. Y por eso, Morante, el año pasado con la extraordinaria réplica y Juan Ortega, y este año con el extraordinario precedente de Pablo Aguado, pues la réplica fue de este, en el tercer toro de la tarde, a lo que Morante había hecho en el que abrió plaza. Y ahí viene la primera polémica: ¿Cuál es la auténtica verónica, la iniciada a media pecho, la de Morante, muy bien fijada la embestida por la mano que sostiene el lance, y muy bien toreada por la mano que lo lleva?  ¿O la de Aguado, embarcada de perfil, pero con las manos bajas y muy lenta, lentísimamente, vaciada hacia adentro?  Al final de la corrida, fuera de la plaza, un grupo de aficionados exquisitos discutían estas cosas, que si Morante las acaganchaba, que si Aguado las toreaba por Bienvenida. Tonterías, porque en la plaza, que es donde el toreo cuenta, las jaleaban todos. El ole sabe mejor que los geómetras cuándo va toreado el toro.

En realidad, no había nada que discutir. Fluyó el toreo para todos. Pablo Aguado cortó el rabo a su primero, un toro al que toreó con templadísimas verónicas, le anduvo con chicuelinas al paso, le banderilleó con variedad, dos pares de poder a poder y un cambio en tablas, muketa en mano toreo con hondura, tersura, cadencia y personalidad. Y mató al toro de un volapié que lo partió en dos. Naturalmente, cortó el rabo


De Morante no sé qué decir. Su primer toro salió muy violento, golpeando más que embistiendo. Pero al tercer lance del maestro el toro se calmó, metió la cara con atemperada obediencia que dio origen a unos lances majestuosos y lentos. Y yo dejé de preguntarme por el milagro técnico, por qué es posible lo que no tiene explicación. Y tal vez me contestó el torero en su faena al cuarto toro. Fue durante una serie de naturales, quizá los mejores naturales que he visto en mi vida, naturales que en su centro, cuando la embestida viajaba feliz acompañando al engaño, éste le abría los vuelos, el toro atemperaba su marcha, el torero se recreaba contemplando su obra, el tiempo detenido sin detenerse, el éxtasis, el arte de torear. ¿Quién me gustó más, Morante o Aguado? Sinceramente,no lo sé.


Tampoco sé qué pintaba allí Roca Rey, sin duda el líder actual del toreo, de convidado de piedra en un pleito artístico de sevillanos. Sinceramente, no lo sé. Tendría que haber exigido otro toro más agresivo, menos bravo. Pero Joaquín Núñez del Cuvilllo mandó seis toros para soñar, no para impresionar. Bien hechos, con volumen y musculatura, pero con pobres cabezas, no arregladas pero sí demasiado abrochadas. Y por encima de todo de todo. bravos, luego nobles; a medio camino entre la vivacidad y la fuerza, luego con clase. O sea, que si Andrés Roca Rey pega un cambio inverosímil de rodillas, como lo hizo,tampoco es para tanto. Y si además les intentara hacer su toreo ligado en redondo, tan hondo, tan reunido,tan peligroso para el torero como exigente para el toro, se asustarían al segundo muletazo. ¿Era entonces una falsa corrida, un fraude para el buen aficionado? En absoluto, era una corrida buenísima. Si se hubiera lidiado en los años 20, los toros habrían tomado tres o cuatro puyazos por cabeza  matado media docena de equinos. 

Conclusión: la corrida de Núñez del Cuvillo para ver hecho realidad el toreo soñado. Por eso se lleno hasta que casi reventaron los cimientos.. La gente no tiene un pelo de tonta. 

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