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El Torero

EL TORERO – Reflexión sobre una gravísima cornada

Foto Plaza 1, Alfredo Arévalo.

Por José Carlos Arévalo

Mayo empezó con una tremenda cogida que infligió dos cornados de 30 y 20 centímetros al novillero manchego, Jesús Moreno, en la plaza de Madrid. Pasados los días y con el torero en recuperación, proceden tres reflexiones.

La primera: Dificultades para que la larga a porta gayola sea un lance bien toreado: de salida, el toro todavía no sabe embestir porque no es un toro parado. O sea, enseñado a perseguir el engaño con fijeza, tarea que corresponde a los primeros lances de recibo, antes encomendados a un peón y hoy ejecutados por el matador.Además, se puede presumir un cierto deslumbramiento en la visión del toro, pues viene de la oscuridad del chiquero y lo primero que recibe cuando sale al ruedo es un golpe de luz. El general desajuste de este lance se debe a un desajuste lumínico. Casi siempre tiene más de banderazo que de toreo. Por eso lo acompaña un “¡Uy!” y no el “ole”

La segunda: ¿Por qué dar una larga cambiada de rodillasa porta gayola? No tiene sentido para la lidia y es improbable una buena ejecución. Pero Cecil B de Mille, el realizador de cine, decía refiriéndose a la narrativa de una película, que esta debe comenzar con una bomba, lanzar otra en su mitad y otra más a su término. Paquirri, adalid de la lidia total, era de la misma opinión. Abría casi siempre la lidia con una larga a porta gayola, formaba un taco en banderillas y mataba como un cañón. Ah, y su larga cambiada de rodillas solía ser muy toreada. Hoy, por el contrario, irse a la Puerta tiene otro motivo: es una declaración de principios al tendido, vengo a darlo todo, y una advertencia a los compañeros de cartel, ataros los machos que voy a por todas. 

La tercera: ¿Por qué la excepción no debe convertirse en norma? Porque la repetición   banaliza lo extraordinario, apacigua la emoción y exige una perfecta ejecución. Sin embargo, cuando el 1 de mayo el novillero de Albacete atravesaba el ruedo venteño, el inhabitual público de las Ventas (espectadores de todos los pueblos de Madrid) le aplaudió con alborozada emoción, los taurinos miraron la escena con gesto contrariado y los aficionados temieron lo peor. Lógico: el novillo-toro que abría plaza no pertenecía a un encaste habitual, era un vazqueño de Veragua, un tipo de toro que no se ve desde hace décadas en las plazas de primera y del que ahora nada se sabe aunque se haya observado el buen juego de algunos en novilladas económicas. Pero el utrero de marras, con hechuras de toro, albahío de capa, abierto de cuerna y todo un tío,galopó con las manos por delante, lo que ya es difícil, arrolló en el lance con fijeza, una fijeza que solo veía al torero, como demostró después en toda su lidia, mirando al hombre por encima de la esclavina y del estaquillador.Una prenda. ¿Error, bisoñez, juvenil voluntad de triunfo? En todo caso, una respetable y heroica iniciativa cuyo trágico final debe ser compensado con la repetición del torero frente a un ganado de garantía. Que así sea.

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