Cultura
LA HOJA DEL LUNES – San Isidro (IV)
Por José Carlos Arévalo
El resplandor, la emoción y la ausencia
El resplandor sobrecoge, revela, conmociona, apabulla. Es la luz que desvela la belleza de lo real. En el poema, el verdadero significado de las palabras. En el toreo, la caricia a la violencia, la conversión de la bravura al temple, la victoria de la vida iluminada sobre la muerte sometida.. El día 26 de mayo un resplandor grande, permanente, inesperado deslumbró y enmudeció a las plaza de Las Ventas, que conmovida no supo reaccionar ante el arte de un novillero mexicano llamado Emiliano Osornio (un torero tan bueno puede permitirse un nombre tan raro). No sé si lo respetarán los toros, ni si será figura del toreo. Pero sí sé que su toreo pasará a la historia de la tauromaquia. Dicen que México necesitaba un torero. Quizá no sea este. Porque este es el torero que necesita el planeta entero de los toros.



La emoción es el alma del toreo. Sin la emoción el toreo es un ballet mecánico e insulso. Cuando no hay emoción,el coro taurino se disuelve, charla, se distrae, se aburre, se duerme. Por supuesto, en el ruedo la emoción la pone el toro. Pero según. Porque con un mismo toro, un torero emociona y otro, no. Además, la emoción torera no es una sino muchas. Hay, entre otras, la emoción suicida, la del riesgo calculado, la ingenua, la bravía. A todas ellas se acopla el ánimo colectivo del coro taurino. Pero la bravía, no la que pone el toro, que se da por supuesta, sino la que impone el torero de modo desbordante, imanta, euforiza, inunda la plaza, enloquece al público. Y más si, como Julio Méndez, el torero, novillero en este caso, sabe torear, torea muy bien. Entonces sale a hombros por la Puerta Grande, donde empieza el camino de la gloria.


Pero en la novillada del 26 de mayo, en Madrid, hubo más. Hubo el vacío que provoca el torero ausente.. La ausencia irreal, total, asombrosa de Pedro Montaldo. Un novillero del que me había hablado muy bien gente que sabe de esto. Pero el novillero conquense no estuvo ni bien ni mal. Allí estaba el cuerpo de un hombre vestido de luces que dio algunos lances, que dio algunos pases, pero sin torear. Porque el torero se había quedado en el hotel, o en su casa leyendo un libro sobre el ser o no ser. La verdad es que en una plaza de toros pasa de todo, absolutamente de todo.
La novillada del Conde de Mayalde, salvo el primero, que era un cabrón, fue extraordinaria. Al terce ro le dieron la vuelta al ruedo. Yo le habría indultado, como al toro de Victoriano del Rio. Pero el lote entero era una corrida de toros. Por romana, por cuernos, por trapío, por su encastada agresividad. No es cierto que un novillo de esta condición sea un novillo porque le faltan dos o tres meses para cumplir la edad.
La ceremonia del disparate
La corrida de Pedraza de Yeltes que la viera Vargas. Porque yo, a las seis en punto de la tarde, estaba en lapuerta de la plaza, me dí la vuelta, tomé la puerta del metro y me fui a casa. Pero no vi la corrida en la tele. Dormité, abrí los ojos de vez en cuando, miré la lidia de algún toro que otro y volví a dormir.
¿Falta de respeto? ¿Atentado a la seriedad informativa? Todo lo contrario: protesta en toda regla. Digo un no absoluto al toro aberrante. ¿Irían ustedes, si fueran aficionados a la hípica, al hipódromo de La Zarzuela si anunciaran seis percherones para competir en una carrera de 1.500 metros? Ni de 5.000. Todo juego, deporte o espectáculo tiene sus normas, pesos y medidas. Sería impensable que el Real Madrid annciara para la próxima temporada la alineación e once con la talla de once baloncentistas, o que el equipo de baloncesto del Barcelona contratara enanitos para el año que viene. Pues bien, en el mundo del toro son posibles tan disparatadas aberraciones y, para mayor escándalo, se consideran como un símbolo de seriedad ganadera y un ejemplo de integridad de la lidia. Personalmente, lo lamento y no entro al trapo. La alzada caballuna, el volumen del bovinode engorde y la romana por contenida no elefantiásica de los toros de de Pedraza de Yeltes me parecen una aberración, la caricatura o, mejor dicho, la fotografía fidedigna del torismo en Las Ventas. Si el año pasado un gigante de esta ganadería y un torero de muy baja talla como Isaac Fonseca rememoraron el mito de David y Goliat, pretender repetir tan absurda anomalía me parece una tomadura de pelo. Y si no lo es, yo no trago.



¡Qué gran torero es Diego Urdiales!
Salió a hombros por la Puerta Grande Diego Urdiales. Y yo me acordé de David Vicente Iglesias, su primer apoderado y padre de su nuevo apoderado, Israel Vicente. David quiso ser torero y anduvo de capa por tierras charras y lusitanas. Un día, haciendo tapia en casa de don Atanasio, vio cómo el novillero Alfonso Ordóñez luchaba contra una vaca imposible. Su hermano, el maestro de Ronda, no paraba de darle consejos desde el palco. Hasta que Alfonso, harto de tantas palabras, le dijo a su hermano “¿por qué no bajas, a ver si es verdad lo que me cuentas?” Y Antonio Ordóñez bajó al ruedo y bordó el toreo con aquella vaca imposible. “Desde esa mañana no he vuelto a tener un capote en las manos. ¿La razón? Muy sencillo, yo había visto a la vaca exactamente como Alfonso. Y ya no volví a la cara a un toro”. Sí volvió al viejo oficio familiar, el de orfebre joyero. Terminó haciendo joyas para las marcas más importantes del mundo. Y cuando ya había triunfado y era rico, regresaba a menudo al campo salmantino de su niñez, estudiaba a los chavales que querían ser toreros. Descubrió a Diego Urdiales. Lo apoderó. Pero nunca le vio salir por la Puerta Grande de Las Ventas. Si lo ha visto su hijo Israel, periodista de peligrosísimo humor, ética intachable y hoy apoderado del maestro riojano. Un día le pregunté a David, ¿Por qué Urdiales? Y me repuso, “porque él sí tiene el don”.
Lo de Urdiales, el 28 de mayo en la plaza de Madrid, no es una de tantas salidas a hombros legitimada porque hubiera cortado dos orejas. Gracioso, una y una. ¿Ridícula racanería de una plaza insegura de sí misma? No, resultado lógico de un coro partido en dos, la mayoritariaafición solvente, sin complejos, y una minoría vocinglera, compuesta por “isidros”, incultos defensores de unos cánones que desconocen -no distinguen cuándo cruzarse es un recurso técnico para que el toro embista, cuando es una ventaja que legitima torear al pitón contrario o cuando es una trampa vendida como verdad torera, para no dejar la muleta puesta entre pase y pase- y unos presidentes de los festejos, conocedores del reglamento, desconocedores del toro y el toreo e intimidados gestores de un orden público durante la lidia amenazado por unos ayatolas de tres al cuarto.
Pues bien, bajo la latente amenaza subversiva de unos supuestos defensores de la verdad torera, sucedió que Urdiales creaba un toreo a la verónica sublime, de una concavidad honda y desgarrada, hacia dentro a partir del embroque e increíblemente rematadas hacia afuera para ser ligadas a compás, con una maestría indecible. ¿Y qué decir de su toreo fundamental con la muleta, de la hondura de sus naturales, imantada por el temple y rematada por los vuelos, o de su toreo con la derecha, unos redondos perfectos, cuya limpia arquitectura era desbordada por un sentimiento sincero, señorial, expresado con un arte libre de toda mácula? ¿Y cómo calificar sus estocadas, puras, sin abandonar la línea recta, cruzando los pitones con la mirada puesta en el hoyo de las agujas? De manera que dos orejas, una y una. Váyanse ustedes al carajo. ¿Qué culpa tenía Urdiales de que se quisieran cargar la corrida de Juan Pedro porque las suyas no embisten ni con recomendación papal?




Resentimiento y odio al líder
Reaparecía Roca Rey después de que un toro le hubiera metido 35 centímetos de cornada en Sevilla. Y ni una palma que lo saludara. Unos porque no lo sabían -hoy escribir en serio de los toreros es un milagro- y otros porque les da igual, allí nadie se hizo eco de que el líder del toreo reaparecía de un cornadón para dar la cara en Madrid. Encantador.
Aclaremos lo de líder, ahora que Morante es el rey del toreo.
Morante es un ídolo en el país del toro y más allá de sus imprecisas fronteras. Pero quien ha arrollado durante los últimos años y llenado las plazas es Roca Rey, dato despreciable para el aficionado sabiondo y ofensivo para el mediocre talibán.
El caso es que ya en un quite al segundo toro dijo que había vuelto como se fue, por si alguien lo dudaba. Estuvo bien con su insulso primer toro y extraordinariamente bien con su bravo segundo toro. La faena fue de menos a más en su intensidad para que el toro durase. Y en su tramo final dio una serie de naturales muy largos, muy fajado, muy reunido con el toro, con la mano baja, con la embestida toreada de cabo a rabo y, por fin, acompañado también por el silencio de los vencidos, apabullados porun toreo de una verdad y una torería inatacables. Le dieron una oreja. Bueno, pues vale.



En esta corrida tomó la alternativa el novillero mexicano Bruno Aloi, que tan buena impresión había causado. Le tocó el lote menos lucido y no pasó nada. A su invisible actuación le faltó al menos un detalle que dijera quién es.
La corrida de Juan Pedro Domecq, bien presentada, ofreció tres toros bravos y nobles, 1º, 4º y 5º. Y tres torosde medida bravura, además no ayudada por falta de fuerza. Dio la sensación que los “juanpedros” tenían mejor genética que manejo
El fracaso del ganadero obediente
En Madrid, toro grande, ande o no ande. Cumplir esa máxima le garantizó el puesto a Florito de por vida, ahorró una pasta a dos empresas -José Antonio Chopera y Plaza1- y bajó el número de toros que se prestan al lucimiento.
Lógico, El toro de lidia es un bovino de tamaño medio. Por supuesto mucho menor que el resto de los bovinos sin joroba, especie a la ue pertenece. Vivió durante siglos en libertad, sobre terrenos feraces por él elegidos sin competir con el hombre, dada la baja población humana en la península Ibérica y su encrespada orografía. Difiere anatómicamente del resto de los bovinos. Su fenotipo fue modulado por el combate que ha mantenido con el hombre desde tiempos inmemoriales. Un diferendo que no solo afecta a su morfología. Tiene órganos internos distintos, como una amígdala cerebral menor, propia del mamífero agresivo, un sistema neuro hormonal más eficaz en la gestión del estrés, el bloqueo del dolor y el estímulo de la combatividad, así como el hecho de ser el único bovino con una doble circulación coronaria, una especie de bypass natural que lo redime del infarto.
En cuanto a su morfología, la pintura y el dibujo, y después la fotografía, han permitido verificar que su fenotipo evolucionaba al son de su genotipo, a medida que el ganadero obtenía nuevas e insospechadas prestaciones de la bravura. Muchos toros bravos de principios del siglo XX parecen de otra raza bovina a principios del siglo XXI. Por supuesto, la enorme variabilidad genética del toro de lidia también es responsable de las grandes diferencias morfológicas entre toros bravos que pastan en ganaderías próximas, más incluso que las de un toro manso de Europa Occidental y otro de Asia Oriental.
La riqueza genética del toro de lidia ha demostrado su permeabilidad en su encuentro con el hombre, muy intensa en los últimos 125 años, un período de tiempo inédito en la historia de la ganadería que demuestra cómo el maridaje entre naturaleza (la agresividad innata del toro) y cultura (la agresividad del toro convertida en bravura) es un fascinante proceso creado por el ganadero, experimentado el torero y juzgado por el aficionado, lo que la Fiesta ha llevado a cabo con singular éxito como lo demuestra la historia del toreo, desde Juan Belmonte hasta la faena de Urdiales la semana pasada en Madrid.
Otra cosa es introducir la conducta gratuita de la moda en la obra genética del ganadero por grupos de aficionados vocingleros e indocumentados que confunden el trapío con una masa elefantiásica, la autenticidad con unos cuernos inmensos, la seriedad con un toro de 600 kilos y las claves del toreo auténtico con unas colocaciones fijas y dogmáticas que son para morirse de risa.
La evolución del toro, emparentada fielmente a la del toreo, no debe estar en manos de los gritos, las palmas de tango y las protestas al presidente de plaza. Corridas como la del 29 de mayo, en la que un ganadero de alto y muy merecido prestigio como creador de bravura, se pliega al baremo del vaquero que decide cómo es el toro (tela) en la primera plaza del mundo, son para quedarse en casa, como yo hice. ¿Cargar a los “garcigrandes” con un hándicap de 100 kilos? ¿Sacar por real decreto torista un sobrero concerca de 800 kilos (la tablilla era muy “prudente”) para regalárselo al tendido 7 y luego devolverlo porque el 7 piensa que sus pitones son pocos? Lo que pasa algunas tardes en este San Isidro es para mear y no echar gota. No, yo no escribo sobre semejante engendro.

Antonio Ferrera,
el triunfo de la personalidad
No vi esta corrida en la plaza. La vi en casa, por la noche, en diferido. Para el aficionado que suele ir a los toros es una experiencia interesante. Porque en la plaza eres tu quien planifica la grabación de la corrida: eliges lo que quieres ver, lo valoras según tu criterio y lo compartes o no, porque casi siempre hay alguien al lado con quien compartir la corrida. Sin embargo, en casa, lo quieras o no, ves siempre la corrida de otro. Y ese otro -u otros- puede ser muy buen aficionado, pero te obliga a ver su corrida. Y, lo afirmo con sinceridad, no me importó en absoluto. La corrida vista por Simón, Federico y Luis Miguel era perfecta, nada dogmática, incitaba a compartir opinión, no a imponerla. La verdad, era muy estimulante, dejaba espacio suficiente para que el telespectador tuviera la suya. Y, sinceramente, la mía era similar en cuanto a la evaluación de la lidia, pero mucho menos ecuánime con respecto a su valoración. Por ejemplo, a mí la corrida de mi afectuoso semi paisano Adolfo Martín -hace 15 años que vivo en Galapagar- no me gustó nada, absolutamente nada. Ni siquiera me gustaron los toros que sirvieron a Ferrera para triunfar. Y elogié para mis adentros las actuaciones de los tres espadas, la heroica y sin embargo inteligente de Paco Ureña, que se quedó en el ruedo, atravesado por dos cornadas, para hacer faena a un toro que no la merecía.


O la actuación completa de Manolo Escribano, muy generosa, dos recibos a porta gayola a dos marrajos de tomo y lomo, dos tercios de banderillas cargados de apuesta y dos faenas imposibles, porque su lote era imposible, un verdadero asco.
Pero lo de Antonio Ferrera fue un espectáculo fuera de lo común, lúcida lidia, gran toreo, maestría en estado de gracia, valor inconmensurable, entrega absoluta, impropia en un maestro veterano, rarísima en un buen torero recién llegado, inaudita en un torero acreditado, ya con nada que demostrar y mucho que perder. Porque a Ferrera no le regaló ninguno de los tres toros que mató ni una sola embestida. Todas las robó, hasta las que toreó con la mano baja, el temple dormido y su arte de torear desbordante. Y por eso, .porque el peligro real, ese que huele a cloroformo, tomado al pairo, con valor, conocimiento y arte, se explica que un torero hiciera en pleno San Isidro lo que le dio la real gana, picar un toro, pero picándolo bien, matar perfilándose a 15 metros y en el momento de cruzarse, hacerlo como mandan los cánones, como si hubiera citado en corto y por derecho. Y, sobre todo, abrir la Puerta Grande no solo con lógico entusiasmo, sino con el poderío de quien está seguro de abrirla, pase lo que pase, sea el toro como sea, y la abre.




¿Antonio Ferrera por la Puerta Grande de Madrid? A quitarse el sombrero, mandan.
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