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Cultura

OPINIÓN – Esas cosas del toreo

Fotos Alberto Simón / Emilio Mendez, Circuitos Taurinos

Morante tiene genio. Talavante tiene ingenio y Álvaro Núñez tiene el secreto

por José Carlos Arévalo

(Este texto no es una crítica de toros. Es un texto sobre dos faenas geniales que sucedieron el 1 de agosto en la plaza de toros de El Puerto)

La corrida de Álvaro Núñez Benjumea lidiada el 1 de agosto en el Puerto de Santa María ofreció dos toros estelares, “Rescoldito”, cuarto de la tarde, que anunciaba un fondo infernal, y el quinto, “Ponderoso”, que embestía en olor de santidad. Fueron los dos protagonistas de un lote que, salvo el tercero, un jabonero basto, con impresentables hechuras, planteó una incógnita: ¿A qué se debía el desajuste entre las ganas embestir y la imposibilidad física de hacerlo con el vigor preciso y la fuerte fijeza del toro con buen remate interior? ¿Acaso a un desequilibrio entre vigor físico y preparación física del toro? De manejo solo saben los ganaderos y Álvaro pertenece a la reata ganadera de Núñez, más de dos siglos de bravura le contemplan. Él sabrá, porque hubo dos toros, los mencionados, a los que este comentario no afecta.

Pero vayamos al grano. Resulta que en una plaza se puede ver lo que no se ve en ninguna parte. Por ejemplo, que un hombre -Morante-  le hable a un toro llamado “Rescoldito” y, que este lo escuche y le haga caso. Por supuesto, Morante le habló en el idioma del temple, que exige al torero hablar muy bajito.Osea elegir sin qe el toro lo sepa el sitio, la colocación, altura, distancia del cite, exactos, y que exacta sea la cadencia que lleva prendida la embestida. De modo que el antipático y renuente bovino de, poco a poco,  su brazo a torcer. Al unísono, primero el silencio expectante, después el clamor creciente de la plaza, y a medida que los muletazos pasaron de imposibles a posibles, de posibles a buenos y de buenos a increíbles, el público ya no saboreó el toreo, comulgó con el toreo. Dijo Joselito que quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es una tarde de toros. Yo añado, pero quien no ha visto a Morante en El Puerto, tampoco. 

Dos precisiones: Primera, la asombrosa mutación de un toro vigoroso, renuente y con carácter solo puede lograrse haciendo el toreo fundamental. Morante aparcó la gracia y eligió la hondura. Este torero no tiene límites. Segunda, “Rescoldito” era un tío con toda la barba, fuerte y antipático. Morante ordenó que lo picaran tres veces y, como dicen los mexicanos, ni se dolió tantito. Pero como el presidente no se enteró de lo que había pasado en el ruedo en ninguno de los tres tercios, desoyó al público, que sí se había enterado, y premió la histórica faena con una orejita, ¡Hay que joderse con la autoridad competente! 

Y luego, Talavante eligió el ingenio. Pero todo tiene su explicación. “Ponderoso” no es que fuera un toro de bella y comedida estampa, ni que fuera pronto y embistiera tranquilo y persiguiera con elegante celo el engaño y persistiera en el enhebrado inverosímil que marcaba Talavante a su viaje interminable, acompasado, rítmico, vibrante, cadencioso. Es que “Ponderoso” era el Nijinsky de los toros bravos. Y como Talavante lo descubrió antes que nadie tuvo la generosidad de poner su toreo al servicio de su bravura, de cederle su rol protagónico. Es cierto que hubo toreo fundamental y con el exquisito  trazo del extremeño, pero en la faena privó la sutileza de la ligazón sobre la hondura de los pases, la coreografía sobre el toreo. Pero no. No es justo lo que digo porque aquella inefable coreografía se tejía toreando.  Era un estilización de la tauromaquia de Ojeda. Era un bovino bravo convertido en un felino danzante. Era un torero que hacía reales sus sueños. Y sin embargo, a Talavante se le debe agradecer su generosidad. Repito, no toreó para si mismo. Toreó para un toro que le había fascinado….

Afortunadamente, el frio presidente premió a Talavante con dos merecidas orejas. Y desgraciadamente condenó a muerte al excepcional toro que merecía el índulto clamorosamente solicitado. En la plaza, el presidente es el garante de los derehos del torero, del toro y del público, no un cónsul autoritario.

De mi torero, Juan Ortega, no digo nada. Tuvo un lote infame, el jabonero de marras y un torito enquencle, que embestía a saltitos.

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