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FERIA DE SAN ISIDRO – 5ª de abono. La Tauromaquia al revés

Fotos Alberto Simón. Plaza 1/ Alfredo Arévalo

La Tauromaquia al revés

El único momento cabal, de buena afición, sucedió al comienzo de la corrida, cuando los aficionados demostraron tener memoria y con sus aplausos sacaron a saludar, una vez roto el paseíllo, a Gonzalo Caballero, diestro meritorio que ha dejado su sangre varias veces en el ruedo de Las Ventas. El resto fue la tauromaquia al revés. ¿Culpables? El ganadero que embarcó seis toro viejos, cornalones, propios de lo que antiguamente se llamaba “limpieza de corrales”; la empresa que los reseñó, pero no, en este caso, las autoridades de la corrida, si eso es lo que había, qué remedio. Y también hubo un cómplice, el público de Madrid, que los recibió con agrado. Hasta hubo un morlaco feísimo al que apaudió de salida. 

Para mayor abundamiento, al quinto, el único que no tenía la arboladura de un ciervo,  que se comportó con bravura y que se rompió materialmente en el caballo, romaneando con un empuje ejemplar en un encuentro larguísimo debido a su codiciosa entrega, lo pitaron con saña y consiguieron que volviera al corral. Sí, ya sé que perder las manos es un pecado de lesa tauromaquia. Pero dicho toro, llamado “tagarnina”, herrado con el nº 64, negro listón, con 533 kilos y cerca de seis años, podría haberse recuperado en el tercio siguiente. El dilema consistía en privilegiar la bravura del único toro que no se escupió en varas o en mantener la exigencia absoluta como seña de identidad de la plaza. El público prefirió esto último y estaba en su derecho. Pero yo no comparto su postura. Matar un toro bravo sin dejarle que lo demuestre es algo que escuece.

Por lo demás, los toros se comportaron como predecían sus hechuras. Sus larguísimos cuernos debían de haberlos acostumbrado derrotar en el campo con uno o con otro, nunca embistiendo con los dos a la vez. Y me reafirma esta suposición el que cuando no atrapaban los engaños en el embroque derrotaban con furia y saltaban como canguros al final de las suertes. Era un derroche de genio, que es la agresividad defensiva del manso. Que semejante saldo se lidie en San Isidro es una vergüenza para la plaza y una afrenta para los toreros. 

En este comentario, que no crítica de toros, solo añadiré que los tres espadas se jugaron el tipo, lo que tiene mérito, pues los tres sabían que se lo jugaban sin la menor opción de éxito. Mañana será otro día.

José Carlos Arévalo.    

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