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LA SEMANA TAURINA – A propósito de la muerte de Ángel Teruel

Ángel Teruel fue una figura de los años 70. Formado en la casa Dominguín, parecía un torero de la familia, porque como todos los hijos de don Domingo era un exponente de la lidia total. No solo porque dominaba los tres tercios –era buen capotero, buen banderillero, excelente muletero y buen matador-, sino porque además fue un buen torero. Y lo aclaro: comprendía a un gran número de toros, se entendía con los propicios, con los aviesos y con los avisados, los acoplaba a todos y toreaba lo que otros no habrían sabido torear. Cumplía el requisito imprescindible que siempre se ha exigido a una figura: cuajar el mayor número de toros. Precepto que el torero del madrileño barrio de Embajadores cumplió a rajatabla, ajustado siempre en las corridas de mayor relumbrón, las que no admiten, ni un par de veces, quedar por debajo de los compañeros de cartel.

¿Por qué, tras retirarse, cayó en el olvido? A mi modo de ver, por una cuestión de estilo. Así como el empaque de Luis Miguel era natural, la elegancia de Ángel Teruel era, más que fina, refinada. No es moco de pavo que dicho refinamiento, cercano al amaneramiento, lo aplicara con el “núñez” que con el “miura”. Pero el exceso finura unido al exceso de maestría provocan un cierto rechazo. Y matizo, solo un cierto rechazo porque quien niegue la torería del madrileño caerá en el ridículo.

Cuando redacto de estas líneas, aclaro que no pertenecen a una necrológica, género informativo que detesto. Si escribo ahora de Ángel Teruel tampoco es porque haya muerto, sino porque su deceso no ha provocado el alud de adhesiones y adulaciones que la muerte suele incentivar entre nosotros, la correosa gente de este país. Y por eso lo hago, porque la prensa en general, la escrita y la audiovisual, se ha mostrado cicatera en rendir homenaje al gran torero desaparecido. No fue respecto a la Fiesta lo que Santana fue respecto al tenis, pero sí cuando la parangonamos con Verónica Forqué, fallecida al mismo tiempo. ¿A qué se debe tanta ciatería informativa? ¿Ni siquiera la muerte, que tanto nos estimula, es capaz de arrancar a  la Fiesta del gueto informativo en el que la hemos recluido?

En otro momento, y no porque se haya muerto, escribiré de Ángel Teruel, que fue un gran torero.     

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