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El Torero

NUEVOS EN LA 1ª FILA – Ginés Marín saca a la luz el torero que lleva dentro

Cuando vi a Ginés Marín en Olivenza era un novillero incipiente y asombroso. Le brotaba el toreo, las suertes le salían como por encanto. Perfectas, torerísimas.

Ginés Marín
Gran natural de Ginés Marín. Fotografía: Alberto Simón.

Cuando vi a Ginés Marín en Olivenza era un novillero incipiente y asombroso. Le brotaba el toreo, las suertes le salían como por encanto. Perfectas, torerísimas. Surgían con naturalidad y transmitían felicidad. Porque este chaval extremeño nacido en Jeréz de la Frontera era feliz toreando. Y contagiaba su entusiasmo a los novillos. Sus embestidas también brotaban entregadas, entusiasmadas a las órdenes de un mando que no parecía mandar. Sorprendía el acuerdo entre torero y toro. El trazo de los lances y los muletazos era largo, abarcaba las embestidas de cabo a rabo, el acople era perfecto, los remates, inesperados y variados. Sorpresivamente, me encontré con el joven portador de un toreo cabal, que clavaba los pies en la arena y encajaba los riñones, mientras sus engaños iluminaban con  una luz cegadora las suertes. Aquella tarde oliventina sentí que un perfume bienvenidista asoleraba su arte, el ruedo y la plaza entera.

Luego tomó la alternativa. Y, naturalmente, siguió siendo un buen torero. Pero dejó de interesarme. Su trazo era el mismo, pero su capote y muleta habían perdido luz. Sus faenas parecían más preconcebidas, más productivas. La causa no procedía del toro, de ese tópico paso del novillo al toro que solo atenaza a los toreros que no tienen el don. Presentí que lo provocaba el actual sistema taurino, la suma de orejas como único aval para permanecer en el escalafón superior. Por supuesto, Ginés triunfaba, incluso en las plazas importantes. Por ejemplo, abrió, creo recordar que en su primer San Isidro, la Puerta Grande de Madrid. Entonces me dije, de acuerdo, es un buen torero y funcionará. Pero funcionar es un verbo taurino feísimo adoptado por los tratantes del toreo. Torear es otra cosa. Torear es lo que hacía aquel joven novillero, dialogar con el toro, sentir la plenitud del temple, encontrar la inspiración en la embestida más fuerte, crear en libertad, el logro más difícil del torero, ese artista sometido a un peligro certero, en un círculo cerrado del que no puede salir, rodeado por espectadores que además son jueces.

No diría todo esto –lo reconozco, soy buena gente- si no fuera porque, con más maestría, Ginés Marín ha recobrado la libertad de crear. Lo advirtió el año 19, en Dax, con un toro muy bravo de Santiago Domecq. Y lo ha confirmado en  la pasada Feria de Otoño. Sus naturales, en el centro de la faena que hizo a un toro de Alcurrucén, fueron una cumbre del toreo. Lo de menos era que desorejase al toro. Siempre son justas las orejas que se cortan en Las Ventas. Pero no siempre lo justo es suficiente. Lo que pasó en Madrid fue la confirmación de que un joven y gran torero ha entrado por derecho propio en la primera fila.   

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