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El Ojo Crítico

EL OJO CRITICO – Ahora caigo, las macrogranjas

Estaban ahí y nadie hablaba de las macrogranjas. De pronto lo hizo Bill Gates, que se las quiere cargar, porque las vacas hacinadas se tiran pedos  que contaminan el planeta y porque fabrica o va a fabricar carne química y se propone dejar la tierra sin una vaca. Y luego va el ministro español de consumo, Alberto Garzón, y dice que la carne de bovino español criado en macrogranjas no es buena. Y claro, se arma la de Dios es Cristo. No porque la carne de bovino español sea mala o buena, sino porque el cárnico es el cuarto sector exportador de España y, además, lo dicho lo dice un ministro español en un periódico inglés.  

Es lógico que los ganaderos de la macrogranjas se hayan cabreado porque, la verdad, hay carne de esas explotaciones intensivas que es buena. Es lógico que los ganaderos de explotaciones intensivas también se hayan cabreado, sabedores que el mundo siempre ha confundido las churras con las merinas. Las razones de ambos son varias: 1ª La carne española de vacuno es quizá la más valorada en Europa; 2ª España es uno de los países de la UE que destaca por su inspección alimentaria; y 3ª En todo caso, las macrogranjas cumplen la normativa sanitaria de la UE y resulta asombroso que sea precisamente un ministro de consumo quien las denuncie.

Personalmente me pasma que el señor ministro y casi todos los españoles descubran ahora el Mediterráneo. La macrogranja es una consecuencia inevitable de la civilización industrial, creadora de crecientes zonas fabriles donde se concentran macropoblaciones de una densidad humana tan enorme que convirtieron las ciudades en macrociudades. Y mientras estos inmensos universos humanos existan tendrá que haber macrogranjas. Somos unos 7.500 millones de habitantes, que debemos comer todos los días, y en el año 2.050 seremos 9.500. A no ser que el gran hermano digital nos haga veganos a todos y deje el mundo sin una vaca y ni una gallina, los 4.000 millones de bovinos y los 200.000 millones de gallinas seguirán multiplicándose. 

La imagen de nuestra civilización mega urbana e industrial no es idílica, menos aún pastoril. La vida de los animales hacinados es poco edificante. Pero hoy todas las clases sociales, al menos en Europa, tienen acceso a la ingesta de proteínas animales, y hace 60 años, al menos en España, comer pollo una vez al mes era todo un premio. Curiosa observación hecha por un ministro comunista: acabar con las explotaciones intensivas y, obviamente, con la carne para todos. Pero ya se sabe que los comunistas aman las contradicciones y son expertos en utopía, prometen el cielo en la tierra y traen el infierno de la hambruna y el terror. Postdata de un taurino asombrado: No entiendo que el grupo político al que pertenece el ministro enemigo de las explotaciones intensivas de bovino sea también enemigo de la ganadería de bravo, cuyas explotaciones extensivas arrojan la proporción de 1’6 cabezas de ganado por hectárea, sus animales cumplen su ciclo vital completo y su hábitat es de un alto valor ecológico. Tampoco entiendo la censura de este grupo político a la muerte individual y en activa lucha del toro bravo y la aceptación –lógica, por otra parte- de su muerte industrial, seriada y pasiva.

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